A 60 km del centro de la ciudad de Madrid podemos visitar un pueblo “andaluz”, lugar en el que disfrutar la belleza y colores que han retratado tantos pintores
Este encantador pueblito de casas blancas en la Alcarria de
Alcalá ha servido como fuente de inspiración y refugio para muchos artistas.
Todas las casas encaladas ofrecen a este pueblo cercano a
Madrid una imagen muy representativa de un pueblo andaluz.
Un Encuentro Inolvidable
En los años cincuenta, dos pintores viajaban sobre una
pequeña Lambretta, con un viejo mapa de carreteras doblado en mano. Descendían
la ladera que conducía al valle del río Vega y, al salir de una curva, se
encontraron con la impresionante vista de un caserío en torno a una torre de
iglesia, rodeado de cerros salpicados de tomillares y olivos.
“Nos pareció hermoso”, recordará años más tarde
Álvaro Delgado Ramos, mientras que Macarrón comentaba que se asemejaba a los
pintorescos pueblitos de las serranías andaluzas. En aquel momento, Delgado no
podía imaginar que su nombre estaría irremediablemente ligado a este pueblo
recién descubierto, situado a poco más de 60 kilómetros de Madrid. Tampoco
podía prever que este pueblo blanco se transformaría en uno de los epicentros
artísticos de la España de mediados de la década de 1950.
LA BLANCURA COMO ORGULLO
Calles empinadas, luz y serenidad a un paso de la capital;
eso es lo que ofreció Olmeda de las Fuentes a los artistas que se hospedaron en
el pueblo.
El nombre del lugar lo descubrieron poco después de llegar en su moto, ya que
una cartera lo anunciaba: Olmeda de la Cebolla. Tres años más tarde, cansados
de las burlas de los vecinos, los habitantes decidieron por unanimidad
cambiarlo a Olmeda de las Fuentes. Así es como lo conocemos hoy: el pueblo
blanco de los pintores. La vergüenza tiene la sorprendente capacidad de
reconfigurar la topografía original.
Lo que Delgado descubrió fue un pueblo suspendido en el
tiempo, donde la mecanización aún no había dejado su marca industrial y las
casas de fachada blanca se alineaban en la ladera de un paisaje natural. La
Alcarria madrileña culmina aquí, en esta especie de herradura blanca que se
asoma a un valle lleno de cultivos y suaves barrancos. La esencia se mantiene,
aunque al pasear por Olmeda de las Fuentes hoy en día, podemos observar
pérgolas, paneles solares y pantallas digitales que ofrecen información turística
del área. Esta preservación de la esencia se debe, en gran parte, a las
ordenanzas municipales que exigen el uso de enfoscado blanco o piedra caliza
ocre en las fachadas, prohibiendo el ladrillo visto y los azulejos.
El Hogar de los Pintores
Olmeda de las Fuentes está repleto de rincones encantadores
que reflejan la influencia de los artistas que allí residen. Esa blancura
“andaluz” permite que la luz resplandezca de manera alegre mientras se recorren
los empinados callejones que serpentean por el pueblo. La Ruta de los Pintores
se presenta como un museo al aire libre, compuesto por los hogares de los
artistas, con breves estaciones biográficas que indican quién vivió y quién
pintó en cada lugar.
Entre los artistas se encuentra Lucie Geffré, una de las más
recientes en llegar, en 2014, y Roberto Sánchez Terreros, quien, inspirado por
el paisaje vibrante y luminoso, retrató los almendros de Olmeda en 2005.
También se menciona al surrealista Eugenio Granell y a las acuarelas de Carmen
Navarro; la mesa pintada de Ricardo Toja, quien dejó Olmeda en 1978 tras la
muerte de su esposa; y las ruinas de Olmeda, capturadas con la paleta vibrante
de Secundino Rivera.
Así, se suman un total de catorce pintores que abarcan
aproximadamente medio siglo de arte, con estilos tan diversos como el
expresionismo, el cubismo y el realismo. El punto de partida de la ruta se
encuentra en el edificio del Ayuntamiento, donde se puede apreciar una
colección de obras pictóricas originales cedidas por los propios artistas que
han vivido en Olmeda de las Fuentes.
EL REFUGIO PERFECTO
La plaza del Olmo en Olmeda sirve como un magnífico
mirador del entorno natural que rodea al pueblo.
Me pregunto qué significa vivir en un lugar donde las casas son talleres. Los
artistas comenzaron a llegar en la década de 1960, atraídos por los bajos
costos y la disponibilidad de viviendas debido al éxodo rural; además, buscaban
esa luz seca característica de esta región. La paradoja radica en que estos
artistas, que venían en busca de autenticidad, se convirtieron en el principal
atractivo turístico del lugar. Me fascina la tranquilidad que se respira, la
sensación de que el mundo es más físico que digital.
Al pasear por estas calles serenas, la iglesia de San
Pedro Apóstol se erige como el hito visual más destacado del casco histórico.
De origen medieval, fue reconstruida entre 1603 y 1623, fusionando estilos
barroco y renacentista. En su interior, hay sorpresas: alberga una notable
colección de obras cedidas por artistas locales y una valiosa talla
renacentista de la Virgen con el Niño, un dúo que sintetiza miles de años de
arte. Además, lo renacentista se entrelaza de manera interesante con el
expresionismo de posguerra. Desde la Plaza del Olmo, que actúa como mirador
frente al templo, se puede contemplar el paisaje natural que rodea al pueblo,
con sus campos de cultivos y olivares. Es fácil comprender cómo todo esto se
convirtió en una musa y refugio para los artistas.
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